ZOOTROPO

Sabemos que el cine es todo y más. Todo de todo, pero reduzcamos un poquito: todas las artes y más. Y lo que más me gusta de esta película es que es el cine como no lo había visto en mucho tiempo, el cine en todo lo que fue y va a ser, el cine que se une a todas las artes para ser más cine. Y por eso fue lo que más me gustó del festival de Mar del Plata.
Para empezar, 75 habitantes, 20 casas, 300 vacas comienza con una ventana, pero mucho más allá de la ventana de Bazin: una película entera sobre conocer el número de ventanas, o sobre si vale la pena saber exactamente el número de ventanas.
Nicolás Rubió y Fernando Domínguez son amigos desde hace 10 años. Nicolás Rubió es el protagonista de la película, un hombre exiliado de su pueblo tras la guerra civil española y que pintó más de 500 cuadros sobre éste, que precisamente constaba de 75 habitantes, 20 casas y 300 vacas. ¡Sí, más de 500 cuadros sobre su pueblo!
En este punto vale aclarar que de la amistad de ambos, sumada a la tercera pata de esta mesa creativa, Natalia de la Vega (que en la película hizo la dirección de fotografía) surgió previamente el cortometraje que escribieron los tres, No es mucho lo que heredamos de nuestro abuelo (2010). Y si lo nombro es porque si bien Rubió y Domínguez no son nieto y abuelo respectivamente, en 75 habitantes… escuchamos la historia de este abuelo que le cuenta a su nieto sobre un pueblo en el que vivió pocos años, pero que amó mucho y al que volvió para siempre con sus cuadros, aunque ahora no puede recordar cuántas ventanas tenía su casa y cuántos eran sus amigos en el pueblo tampoco. Para recordarlo entonces se pierde contando las historias felices de su pueblo a su nieto imaginario que un poco es Domínguez y otro poco somos nosotros. Y esto está contado con un amor al cine y a la pintura que nunca vi en mi vida. Porque si estamos acostumbrados a ver la pintura en el cine es siempre desde una fotografía que emule encuadres y texturas de grandes obras de la pintura, o que busque con su preciosismo imitar a grandes artistas, pero nunca la pintura y el cine fueron uno de manera tal que ninguno sobrepasara al otro, sino que juntos crearan algo que todavía no tiene una palabra en nuestro idioma para describirlo. No hay forma de capturar una imagen fija de esta película, porque o vemos a Rubió intentando pintar las ventanas que no recuerda que su casa tenía (momento que no se puede congelar), o vemos las pinturas vivas, como imágenes en movimiento, quizás pintadas en el celuloide, como si estuviéramos viendo el pasado y el futuro del cine en un presente eterno de 70 minutos, un presente que va creando Nicolás Rubió con su pincel, su memoria y su voz, y Fernando Domínguez con su movimiento, su oído y su interpretación.
Como declaró el propio Domínguez, en un momento se dio cuenta que esta película no era sobre él y por lo tanto tenía que desaparecer y dejar que sólo fueran Rubió y su historia. Yo creo que Fernando aparece muchísimo, pero de nuevo, de forma no convencional, con marcas de estilo pero sin travellings espectaculares o miradas a cámara que interpelen al espectador, sino como el cine, puro, entendiendo el cine como cine, como fue cuando era el principio, cuando se le decía primitivo y de primitivo no tenía nada, y cómo eso sigue existiendo ahora.
Rubió y Domínguez juntos son cómo esas historias de la mitología griega que leíamos cuando éramos chicos, en esos libritos con un léxico de historias de abuelos eternos, una historia de la mitología donde la pintura viaja, y se une con la historia y el movimiento. Y así nace el cine.
LUCIA SALAS.

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